Resiliencia en la era de la IA

IA, tecnologías de propósito general y por qué la resiliencia es la tarea de nuestra generación.

Por Wojciech Zaremba

La Fundación OpenAI existe para garantizar que la inteligencia artificial general beneficie a toda la humanidad.

Hemos trabajado sin descanso para seguir el ritmo de los rápidos avances de la propia IA. En abril, la Fundación anunció sus primeras ayudas por valor de 100 millones de dólares en ciencias biológicas y cura de enfermedades, con la ambición de prevenir y tratar enfermedades como el alzhéimer mediante el uso de IA avanzada. La semana pasada, anunciamos nuestro programa Empleo y futuro económico, con la esperanza de comprender y dar forma a lo que el trabajo y la prosperidad económica significan para las generaciones futuras.

Hoy ampliamos nuestra visión para el próximo gran programa: garantizar que, a medida que crezcan las capacidades de la IA, la capacidad de la sociedad para aprovecharla crezca al mismo ritmo. A esta labor la llamamos resiliencia de la IA: el enfoque ecosistémico necesario para mitigar los riesgos de la IA, de modo que la sociedad pueda maximizar sus beneficios.

Nuestro trabajo ya ha comenzado. En los pocos meses transcurridos desde que iniciamos nuestra labor, la Fundación trabaja para ultimar más de 130 millones de dólares en subvenciones a organizaciones a través de nuestro programa de resiliencia de la IA, que se darán a conocer públicamente en breve y a los que se sumarán más en el futuro.1

El patrón de las tecnologías transformadoras

La importancia de la resiliencia de la IA se entiende mejor desde la perspectiva de las tecnologías del pasado que marcaron de forma significativa la historia de la humanidad.

Cada cierto tiempo aparece una tecnología que transforma la sociedad desde sus cimientos. Los economistas las denominan «tecnologías de propósito general». El fuego. La imprenta. La electricidad. Internet. Cada una siguió una trayectoria similar: innovación acelerada, riesgos reales e instituciones que se apresuraban a ponerse al día. Sin embargo, cada ejemplo también muestra lo que hace falta para que una tecnología potente sea segura.

El fuego hizo posible la civilización humana. Daba calor, cocinaba alimentos y protegía de los depredadores. También redujo ciudades a cenizas. Con el tiempo, las sociedades desarrollaron resiliencia: materiales ignífugos, redes de bocas de incendio, cuerpos de bomberos profesionales y normativas de edificación. Un ecosistema, capa a capa.

La electricidad siguió el mismo camino. Después de que la central Pearl Street de Edison iluminara Manhattan en 1882, la electricidad trajo consigo incendios, electrocuciones y pánico entre la población. Sin protecciones como cables aislados, interruptores y normativas, trabajadores y transeúntes sufrieron electrocuciones en ciudades de todo el país. Los ayuntamientos debatían si el experimento debía abandonarse por completo. En cambio, a medida que la tecnología avanzaba, creamos organismos de ensayo independientes como Underwriters Laboratories, normas industriales como el National Electrical Code e inversión pública que llevó la electricidad a comunidades que el mercado había dejado atrás. Cada paso hizo que la electricidad fuera más segura y accesible; hoy es tan segura que un niño puede pulsar un interruptor y se enciende una luz.

Así es la resiliencia cuando se hace bien.

La IA necesita un ecosistema de resiliencia

La IA sigue la misma trayectoria que las tecnologías anteriores, pero avanza a una velocidad sin precedentes.

Aún estamos en sus inicios, pero los beneficios ya son evidentes: la IA reduce las barreras para crear una empresa, amplía el acceso a la educación, acelera el descubrimiento científico y transforma la medicina.

Al mismo tiempo, los riesgos surgen con la misma rapidez, como reflejo de los beneficios de la IA. El mismo crecimiento que crea nuevas industrias puede trastocar las ya existentes y alterar las trayectorias profesionales. Los mismos sistemas que pueden ayudar a los jóvenes a aprender y crear también podrían dar lugar a comportamientos perjudiciales. Las herramientas que aceleran la investigación biológica podrían reducir las barreras para crear patógenos dañinos. Y la capacidad de la IA para escribir código, en manos equivocadas, podría poner en riesgo infraestructuras críticas.

El equipo inicial de OpenAI creía que el beneficio de la IA para la sociedad dependía principalmente de resolver el problema técnico de la alineación de la IA con los valores humanos. Esa labor sigue siendo fundamental —y esencial en nuestro trabajo—, pero ahora creemos que es solo una pieza del rompecabezas. A medida que la IA se extienda por sectores y países, la sociedad también necesitará investigación independiente, infraestructura pública, coordinación sectorial y campos de especialización completamente nuevos. En resumen, necesitará resiliencia de la IA.

Hemos decidido centrar nuestro trabajo inicial en cuatro áreas2 que se sitúan en la intersección entre los grandes riesgos a corto plazo y el impacto inmediato:

  1. Biorresiliencia para prevenir las futuras pandemias de origen artificial;

  2. Ciberresiliencia para contribuir a garantizar la seguridad de los sistemas críticos de nuestro mundo;

  3. Seguridad de los modelos de IA para consolidar el control de la humanidad sobre los modelos que creamos; y

  4. El impacto de la IA en la juventud para que la tecnología sea una fuerza positiva para las generaciones futuras.

Nuestro trabajo no ha hecho más que comenzar. Tenemos previsto ofrecer más información sobre nuestras estrategias y las primeras subvenciones en cada área, así como ampliar progresivamente nuestra actuación a otras áreas.

Bio-resilience

AI will enable biological research to move at unprecedented speed, helping develop new cures and public health improvements that enable us to all live healthier and longer. However, these same capabilities could also be misused by malicious actors, lowering the barrier to designing harmful pathogens.

The age of AI requires a renewed focus on biosecurity. Because advanced AI systems could be misused by bad actors to help create a wide range of biological threats, we will prioritize pathogen-agnostic biosecurity solutions. This will require investments across prevention, detection, and defense. We need to make it harder for malicious actors to access the expertise, equipment, and materials to create biological threats, improve our ability to identify and track novel outbreaks early, and strengthen the technologies—such as protective equipment, indoor air cleaning systems, and medical countermeasures—needed to respond quickly and effectively.

Cyber-resilience

AI has begun to rapidly reshape the cybersecurity landscape. The work that once required specialized teams can now be assisted or automated by capable models. At the same time, rapidly-improving AI capabilities can also be used to accelerate cyberdefenders, including by identifying and patching vulnerabilities and accelerating response.

Many large companies and private actors can spend heavily on cyber to secure their own systems, including with new advances in AI. We anticipate focusing significant resources on securing other important societal actors that are less resourced and will have a much harder time deploying AI-ready cyberdefenses as quickly as needed. In parallel, we are also focused on preparing for novel security challenges that artificial general intelligence will ultimately bring.

AI model safety

AI model safety focuses on the behavior of the systems themselves—whether they are truthful, reliable, and aligned with human intent. In a world where this goes awry, models can break out and behave in unpredictable ways, deceiving us or pursuing goals beyond their design. Getting this right becomes increasingly important as AI systems grow more autonomous and approach—and eventually surpass—human-level intelligence.

AI companies are investing substantial resources in model safety. However, the importance of this challenge calls for a broader, more robust ecosystem: independent institutions to evaluate model safety, public infrastructure to verify models’ safe deployment in practice, and continued advances in alignment science that advance the field broadly.

AI’s impact on young people

Young people are often the earliest adopters of new technologies, using them to learn, create, communicate, and explore the world. AI is no exception. But as these tools become an increasing part of young people’s daily lives, it is critical that we develop a stronger evidence base to understand its impacts.

Families, schools, policymakers, and community organizations are all grappling with questions about how and when young people engage with AI—including its impact on human connection, learning, and development. Our initial focus will be on advancing independent research to help guide those decisions—to better understand where AI can support development, the risks it may introduce, and the contexts that shape those effects.

These insights should drive broad safety standards and design principles that guide how any AI product is developed, how schools choose to deploy them, and if and how families decide to incorporate these technologies into their lives.

The work ahead

There is one critical difference between AI and the technologies that came before it: speed.

Fire resilience took millennia. Electricity resilience took decades. AI resilience is evolving in a matter of years. The systems that make it safe, reliable, and broadly beneficial must be built alongside it.

If we get it right, AI can become part of the foundational infrastructure of modern life—expanding access to knowledge, accelerating discovery, and improving lives at a global scale.

But that outcome isn’t guaranteed. No general purpose technology ever made itself safe.

Resilience is a permanent discipline that requires many people and institutions to build, invest, and collaborate. That is the work ahead, and it is one of the defining challenges of our time. We hope you’ll join us.

Footnotes

  1. 1

    The OpenAI Foundation expects to invest more than $1 billion across several programs over the next year, and $25 billion in AI Resilience and Life Sciences & Curing Disease in the years ahead.

  2. 2

    The economic impacts of AI are part of the broader AI resilience agenda. Given the scale of the economic transition, the Foundation is developing this work as a separate program. Read more here.

  • Thank you to Zach Sims for helping develop this piece.
  • Acknowledgements: Jeff Arnold, Naomi Bashkansky, Sean Coey, Rebecca Distler, Adrien Ecoffet, Tarun Gogineni, Mike Heimowitz, Alice Lee, Leyan Lo, Rodney Manabat, Mike McCormick, Cody Nguyen, Yonadav Shavit, Kendal Simon, Divya Siddarth, Jacob Trefethen.